Los orígenes de Roma, parte 1

Castillo de Alcalá de los Gazules

Málaga, diecinueve años atrás

 

Roma corría a través de las oscuras presencias de los árboles. Las lágrimas caían, pero no les prestaba atención. Había cosas más urgentes por las que preocuparse.

En sus oídos aún resonaba la voz ronca de su padre cantando por soleares al ritmo del martillo. Rodeado de remordimientos, forjaba metales en el cobertizo del fondo. El estruendo de un arma apagó la melodía, que fue suplantada por los gritos de su madre.

«Corre, niña», le había dicho la abuela Jana antes de abrirle la puerta oculta en la despensa. Le dio un beso en la frente con gusto a despedida. Roma se detuvo en sus ojos acuosos, enturbiados por las láminas del tiempo, por los dolores, en su mayoría causados por la conducta irreflexiva de su yerno. Cuánto la habían amado esos ojos, cuánto los había amado ella. ¿Era el adiós? Se negaba a creerlo.

«Nos volveremos a ver. No llores. Te tornarás liviana y el viento será tu aliado. Ahora vete. Te esperan maravillas y desgracias. No tendrás las unas sin las otras. Ve hasta el castillo de Alcalá de los Gazules, al otro lado del bosque. Busca un búho, susurra su nombre. Él guarda la llave que abrirá tu destino».

«¡Abuela!», gritó, pero los hombres ya entraban en la cocina y supo que no podía quedarse, que tenía que hacer lo que su Jana le decía. «Nataniel», susurró la mujer y la empujó al abismo donde ya no había casa ni familia. Ella corrió hasta adentrarse en el alcornocal, en la tarde que moría, en los miedos que afloraban y crecían a medida que avanzaba. Había quedado sola. Esa soledad era peor, acaso, que los hombres que terminaban con la música. Los había visto antes, muchas noches. Habían ido, habían amenazado. Sospechaba que su padre frecuentaba círculos impropios. Les debía dinero, había ofendido a alguien, eso había escuchado oculta tras la madreselva hacía varias lunas. Había visto, también, llegar a esos sujetos durante años y que su padre se transformara en el perro enorme, negro, de ojos rojos y temibles, que los acompañaba quién sabía dónde. Para ella, que su padre se convirtiera en un dogo alemán era de lo más normal. Pensó que todas las personas podían hacerlo. «No», le escupió él cuando fue lo suficientemente grande como para mencionárselo. «Y no debes hablar de ello con nadie. Nunca». Tal había sido el terror que le infundieron sus palabras y sus gestos, que cumplió con aquel mandato al pie de la letra. Ni siquiera lo hablaban en la intimidad. Ni con su abuela, ni con su madre. A medida que crecía, Roma se daba cuenta de que las mujeres en esa casa no eran felices. Para entonces su padre bebía y se comportaba de manera errática hasta que desfallecía en cualquier parte. Con el correr de los años se había vuelto cada vez más violento y, en ocasiones, descargaba su ira contra los muebles, o arrojaba objetos por los aires. Su madre parecía absorber toda esa violencia y contenerla. Se había acumulado en algún lugar de su organismo y la consumía por dentro, la apagaba. La hacía parecer ajena al mundo, como si habitara otra dimensión, una a la que no dejaba entrar a nadie, donde nadie tenía que hacer ruido, donde cualquier movimiento podía romper su frágil estructura. Y así, Roma, había quedado excluida también. El único sitio donde era bienvenida era en los brazos mullidos de su abuela.

Aquella madrugada algunas semanas antes, en la que Roma espió detrás de la vegetación en su jardín, escuchó que los hombres le hablaban a su padre de una deuda. Vendrían a cobrarla y si no tenía el dinero… El “si no” se había hecho realidad esa noche y era irreparable.

Las ramas que sus zapatos levantaban al pisar le lastimaban las piernas. No debía detenerse. Debía llegar al castillo y buscar al búho. Muchas veces le había advertido su abuela que llegaría el día en el que deberían separarse. Que el tiempo entre los suyos tenía los días contados.

En cuestión de horas, los cantos y los bailes se habían vuelto ceniza. Los recuerdos de esa infancia que terminó tan pronto atravesaron la puerta de la despensa hacia lo desconocido junto a ella y se desdibujaban entre la carrera y el horror de saberse sola y desprotegida en un mundo que aún no estaba preparada para enfrentar.

El bosque era enorme. Cuando cayó la noche, después de horas, sintió la necesidad de descansar. Se apoyó contra un tronco áspero y rugoso, respirando agitada. Además de la carrera, la angustia le alteraba la sangre. Escuchó ruidos, movimientos invisibles. Se preguntó qué andaría oculto en la penumbra y si estaría siguiendo el camino correcto. En ocasiones visitaban el castillo, pero nunca a pie y menos sin la luz del día. De pronto todo parecía haberse vuelto una amenaza. Aunque hizo un esfuerzo por permanecer despierta, se quedó dormida arrullada por el canto de los insectos. Sintió que el corazón iba a explotarle cuando algo le picoteó la mano. Se incorporó de un salto.

¡Uh-uh!                                                         

Un búho la miraba con sus pupilas enormes y movía la cabeza de manera curiosa. Parecía querer indicarle que lo acompañara.

―¿Nataniel? ―preguntó incrédula, despabilándose.

«¡Uh-uh!», repitió el animal, y emprendió vuelo, volando bajo, de tal manera que la niña pudiera seguirlo. El cansancio se había vuelto insoportable cuando al fin atravesaron la primera zona con viviendas. Sobre la cortina difusa del amanecer, se delineó la colina donde se elevaba una vieja torre a contraluz.

Nunca había andado tanto, jamás había sentido ese dolor en los pies. El búho ascendía y allí lo seguía Roma, decidida, descorazonada. Atravesaron las ruinas envueltos en la atmósfera dorada de los primeros rayos, hasta llegar a una puerta con un arco ojival, hecha de una madera que parecía tener más años que la construcción, si acaso era posible.

El búho se ocultó en un rincón tomado por las sombras. Roma intentó descifrar qué hacía allí. A duras penas pudo ver más que formas insinuándose. En cuestión de segundos, fue un hombre fornido vestido en un traje elástico y verdoso el que apareció delante de sus ojos y se apresuró a insertar una llave en la oxidada cerradura. Los goznes chillaron al accionarse.

―Rápido ―le dijo, urgiéndola a pasar.

Ella accedió. No había en su consciencia nada que la detuviera, como si su razón estuviera adormecida. Las últimas indicaciones de Jana la empujaban a confiar.

Descendieron por una escalera circular de piedra. El ambiente se había vuelto helado y la piel de Roma se erizó. Había olor a humedad y a encierro. Como si un silencio de siglos habitara esas dependencias pavorosas. Pensó que no se detendrían hasta llegar al corazón del mundo, hasta que al fin se encontraron en una habitación cálida, iluminada por varias lámparas de aceite y el fuego de una chimenea, en la que se encontraba un gran caldero con agua burbujeante.

―¿Eres brujo? ―preguntó la niña, aterrada.

A primera vista era lo que parecía. El hombre echó a reír.

―Yo no, pero no puedo asegurarte que mi mujer no lo sea… —bromeó.

Una lechuza aleteó desde la cama, que se encontraba hacia la derecha. Roma no la había visto hasta que revoloteó a ras del techo para luego posarse en una de las sillas del comedor que se hallaba a la izquierda. Había una mesada con utensilios de cocina, una mesa rodeada de seis sillas de mimbre sobre una alfombra rústica. De las paredes colgaban todo tipo de pinturas, platos y objetos que se veían extremadamente antiguos. A Roma le daba la impresión de haber descendido en el tiempo, varios siglos atrás.

La lechuza se contorsionó y, durante unos momentos, su imagen fue la de una bolsa emplumada en cuyo interior se llevaba a cabo una pelea de huesos. Sus dimensiones se agrandaron, le crecieron piernas, brazos, y las plumas se reabsorbieron hasta que una mujer en sus cincuenta de mirada azul y bondadosa la enfrentó.

―Mi nombre es Marisa, y no soy ninguna bruja ―soltó, echándole al marido una mirada de reproche pícaro.

Su traje era igual al que llevaba el hombre. Tal vez el hecho de haber visto a su padre transformarse en perro hizo que lo que acababa de presenciar no le pareciera una alucinación macabra.

―Ven, pequeña. Toma asiento. Te prepararé algo de comer. Debes estar agotada y famélica ―la invitó, con voz dulce, la mujer.

Ella asintió. Aquellas dos palabras definían a la perfección sus sentimientos.

―¿Tardaste mucho tiempo en encontrarla? ―le preguntó Marisa a su marido, mientras acomodaba tres tazones sobre la mesa.

Nataniel era alto y corpulento. Tenía el cabello castaño claro, un poco crecido y salpicado de canas. Sus ojos eran grises y sus facciones, agradables. En los rostros de ambos asomaban almas sensibles.

―No. Fue fácil seguir el rastro ―aseguró él, hurgando dentro de un modesto armario al costado de la cama.

―¿Me estaban buscando? ―se asombró Roma. 

―Sabíamos que se acercaba la fecha… ―explicó el hombre, que, sobre el traje, se vistió con unos pantalones oscuros y un sweater de rombos en colores tierra―, y estuvimos atentos las últimas semanas. Al caer la noche escuchamos rumores… la presencia de una niña perdida en el bosque es algo que intranquiliza a los animales. Simplemente sabemos decodificar los mensajes ―explicó, dirigiéndose a la cocina.

―¿Los animales les hablan? ―preguntó Roma. Sentía que estaba siendo parte de un sueño muy realista.

―No, no. A menos que sean zofones ―replicó él con naturalidad y se puso a cortar una hogaza de pan.

―¿Zo qué? —La mueca en la cara de la niña ilustraba su confusión.

―No importa ―la atajó Marisa―. Los animales no nos hablan, pero eso no significa que no podamos entendernos. Es muy sencillo advertir cuando se produce algún cambio en el ambiente, cuando hay algo fuera de lo normal. Tu presencia generó una serie de efectos en cadena en nuestros compañeros salvajes y Nataniel supuso que tendría que ver contigo. Estaba en lo correcto.

―Pero… ¿por qué sabían que iba a llegar?

El marido puso las rodajas de pan al fuego y se volteó.

―Porque tu abuela lo predijo nueve años atrás. —Aunque dijera lo contrario, eso sonaba como lo que diría un brujo.

La mandíbula de la pequeña Roma cayó. Quedó con los ojos fijos en el hombre y la boca abierta, como hipnotizada.

Marisa volcó agua en las tazas, en las que previamente había colocado con amorosa delicadeza unos saquitos de té. El aroma a hierbas pareció despabilarla.

―¿Cómo lo sabía? Mi abuela, digo… Y ¿por qué se los dijo? Y… aguarden un momento… Ustedes… ¿quiénes son?

Tanto Marisa como Nataniel dejaron escapar una risita. El olor al pan tostado invadió el ambiente y nada pareció tan trágico. Se colocaron mermeladas y mantequilla sobre el mantel bordado a mano que cubría la mesa y los tres se sentaron como una familia a desayunar.

―Supimos ser amigos de tu padre, Roma ―contó Nataniel, y se tomó un segundo para observarla con afecto. Parecía estar reconociendo en ella los rasgos de su viejo compañero de aventuras.

―¿Eran amigos de mi padre? ―un dolor punzante se apoderó de su cuerpo. Por un segundo pensó que no podía respirar. Su padre. No había pensado en él todavía. ―Las lágrimas le inundaron el rostro―. Mi padre… está muerto. Y mi madre… y mi abuela…

El ambiente, hasta hacía unos segundos, cálido, se tornó sombrío.

Tanto Marisa como Nataniel bajaron sus cabezas.

―Lo suponíamos ―susurró el hombre―. Y lo sentimos. Mucho.

Roma se vio sumergida en una espiral de desesperación de la que no podía salir y pensó que iba a desmayarse ahí mismo. Marisa fue rápida en posicionarse a su lado.

―¿Puedo? ―le consultó, antes de abrazarla.

La niña asintió, entre sollozos. El sostén reconfortante de la mujer la abrigó, la protegió momentáneamente de esa realidad sórdida e incomprensible. No supo cuánto permaneció abrigada por el afecto generoso de aquella desconocida, pero cuando se soltaron, un vínculo profundo se había forjado con naturalidad entre ellas.

―No quisimos seguir acompañando a tu padre cuando se negó a escucharnos ―le explicó, una vez terminado el té, Nataniel―. Le advertimos que la vida que estaba eligiendo solo lo conduciría a la desgracia.

Se miraron, cómplices.

―Pero no nos escuchó ―repitió Marisa, apenada―. Y llegó el punto en el que no pudimos hacer más nada que apartarnos. Pero antes, le ofrecimos a tu abuela hacernos cargo de cualquier situación en la que pudiéramos ayudar. Sobre todo contigo, sabiendo que puedes ser uno de los nuestros.

Roma los miró, sin terminar de entender.

Entonces el matrimonio le contó a la niña sobre los wardjalis, los zofones y los Wardjas. Y sobre las escuelas en donde podían entrenar y convertirse en seres extraordinarios.

Las cejas de Roma evidenciaban consternación cuando terminaron. Era demasiado para un día tan terrible.

—De modo que yo… tal vez… pueda…

—Convertirte en un animal, sí —completó Marisa.

Algo parecía haberse averiado en su cerebro. Como cuando el ordenador no deja de girar buscando un programa, no podía aún comprender lo que le estaban diciendo.

―¿Y mi abuela? —balbuceó, cuando recobró el habla.

―Tu abuela predijo lo que sucedería —explicó Nataniel—. Su videncia gitana, la cual tal vez también hayas heredado, le advirtió hace tiempo. Cuando fuimos a ofrecerle ayuda, presagiando el destino oscuro al que se dirigía tu padre, nos dijo que, para esta fecha, estuviéramos atentos. Que deberíamos auxiliarte. No antes.  Llegado este momento nuestro deber sería albergarte por un tiempo hasta que cumplieras los diez años. Solo entonces podremos llevarte a tu nuevo hogar.

―¿Mi nuevo hogar? ¿Dónde es eso? ¿Con quién? Quisiera quedarme con ustedes… —la idea de enfrentarse a un nuevo cambio le parecía inconcebible—. Cumpliré diez años en dos semanas…

―Exacto, Roma —la mujer ya lo sabía—. Y será entonces que los tres viajaremos a Madrid, a que conozcas al fin la Casa de Fieras.